MATERIA PRIMA REAL
De proximidad y de temporada, sin aromas ni colorantes artificiales. Si hay que esperar a que algo esté bueno, se espera.
De una ruta de pastelerías en París a un obrador en el centro de Gràcia.
Todo empieza en París. Cada año me escapo a hacer ruta por sus pastelerías y probar lo más actual de la pastelería francesa, y esta vez me fijé en algo que ya no se me ha ido de la cabeza: el best seller de todas las casas donde entraba era su famoso flan parisién.
Este 2026, con mi libreta en la mano, empecé a visitar pastelerías por Barcelona y me percaté de otra cosa. No todas lo tienen en su carta, y las que lo tienen lo dejan como una pieza de bollería más, al lado del cruasán y del resto. Para mí es justo al revés: merece ser indiscutiblemente la pieza protagonista.
¿El motivo? Reúne dos de los factores más importantes de la pastelería: el crujiente hojaldrado de mantequilla y una crema suave y delicada que convierte cada bocado en algo mágico. Simplemente, no falla.
Así que he decidido darle yo la importancia que merece. Hago el parisién como pieza principal de la casa, y a su lado uno de mis postres favoritos de siempre: el flan español del bar de la esquina, el de toda la vida.
De ahí sale LOS FLANES: flanes parisinos y flanes de toda la vida, todos bajo el mismo techo.
De proximidad y de temporada, sin aromas ni colorantes artificiales. Si hay que esperar a que algo esté bueno, se espera.
Producción diaria limitada y dos horneadas al día, una por la mañana y otra por la tarde.
Una masa laminada pensada para aguantar el contraste entre crujiente y crema.
El guiño francés está muy bien. Pero el flan del bar de barrio juega en casa.
Aquí no vive escondido al final de una carta. Aquí es la pieza alrededor de la que gira todo.
Barcelona es la primera. Tú eliges dónde debería caer la siguiente persiana.
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